Gracias por todo Maestra, descanse en paz

En el año 2006 conocí a la Licenciada Ileana Alamilla, cursaba el técnico de periodismo en la Universidad Mariano Gálvez.  Un grupo de compañeras decidimos abrir un espacio de interacción con ella, habíamos leído de su trayectoria y deseábamos que nos hablara sobre el buen periodismo y los desafíos en la profesión.

Con un reducido grupo de estudiantes nos organizamos para solicitar los permisos en la universidad y cuando lo logramos le extendimos la invitación.  Ella, con la gran humildad que la caracterizó siempre, nos abrió la puerta de su oficina, nos escuchó y aceptó.

Después surgió una oportunidad laboral en Cerigua.  A algunas estudiantes nos permitió aplicar a la vacante. Yo gané las evaluaciones y obtuve el puesto, pero en esa ocasión no pude continuar con ella.

Afortunadamente, en enero de 2008 hubo una nueva oportunidad y gracias a ella y al apreciado señor Luis Ovalle, editor del Centro de Reportes Informativos sobre Guatemala (Cerigua) logré incorporarme.

Al principio sentí temor, porque mis funciones serían evaluadas por la Licenciada Alamilla y “don Luisito” como llegué a decirle.  Tenía una responsabilidad grande, fui contratada como reportera especializada en el tema de libertad de expresión y encargada del Observatorio de los Periodistas.  Debía estar vigilante de las amenazas y agresiones contra periodistas y  preparar alertas nacionales e internacionales de lo que ocurría.

Estaba ilusionada con la oportunidad, era el primer lugar que me acogía y me contrataba para analizar información y transmitirla (un desafío grande para una estudiante de periodismo).

A pesar de los riesgos que conlleva contratar a una persona sin experiencia, la Licenciada Alamilla confió en mí, como lo hizo con muchos otros periodistas que se formaron y aprendieron en Cerigua. Nunca me demostró desconfianza, al contrario me nutrió de seguridad.

Siempre recibí el apoyo de la Licenciada Ileana, recuerdo sus palabras cuando recién inicié.  Decía que no tuviera miedo de preguntar, que debía plantear cualquier duda o desconocimiento, porque ella y el equipo estaban para ayudarme.  Así fue, ella y don Luisito me enseñaron con paciencia y respeto, corrigieron mis errores y me instaron a esforzarme en cada asignación.  También lo hicieron mis amigas y compañeras Marielos, Regina y Melissa, con quienes aún mantengo una buena relación.

Cerigua me dejó un legado muy importante, conocimiento en redacción y derechos humanos, aunado al honor de trabajar con una valiosa mujer profesional, fiel defensora de la libertad de expresión y a quien considero mi maestra.  Siempre admiré su inteligencia, disciplina, fortaleza, entrega y honestidad por las causas en las que creía.  Además de ser directa y con personalidad.

Recuerdo cuando todas las mañanas descendía de su vehículo, se acerba a nuestra oficina y sonreía.  Nunca olvidaré su cara de asombro cuando vio mi cabello pintado de azul.  “Le queda muy bonito”, me dijo.  “Solo no esperaba verla con ese color, porque usted es muy seria”.

Dejé la agencia porque como cualquier periodista joven, quería aprender de la labor en la calle, vivir en carne propia las experiencias y profesionalizarme en otros temas, en la cobertura de violencia y seguridad (una agenda que siempre quise, para interactuar con las personas y entender el origen de lo que sucede en Guatemala).  Eso me instó a buscar una oportunidad laboral en La Hora, una empresa de la que siempre quise ser parte, por los principios éticos con los que se ejerce periodismo.

La buena relación con la Licenciada Ileana se mantuvo y en los últimos dos años logramos comunicarnos más y conversar sobre temas que a ambas nos apasionaban: el ejercicio periodístico, la ética y los desafíos.

El 30 de noviembre del año pasado, Día del Periodista, la Junta Directiva de la Asociación de Periodistas de Guatemala (APG) de la cual ella era integrante, reconoció mi labor por “la cobertura humana en temas dramáticos”.

Recibí el reconocimiento de manos de la Licenciada Alamilla, que me expresó un emotivo mensaje que honestamente no esperaba escuchar.  Esas palabras las atesoraré en mi corazón siempre.  Con la determinación que la caracterizaba me dijo que ese reconocimiento era “por el periodismo ético y humano” que realizaba en La Hora.  Me instó a continuar ejerciendo un periodismo basado en los principios éticos y no apartarme de ellos.

Mi corazón se llenó de felicidad, porque mi Maestra reconoció públicamente mi labor, en esta noble profesión que tanto amo.  No la decepcioné, sus enseñanzas fueron un legado que quiero mantener siempre.

El miércoles 17 de enero murió la Licenciada Ileana Alamilla por una embolia, tras una intervención en la rodilla. Ayer estuve en la funeraria donde fue velada, no pude contener las lágrimas, porque por mi mente pasaron tantos recuerdos y experiencias personales y profesionales que viví con ella. Aún incrédula por su deceso, únicamente me acerqué a su ataúd y le dije Gracias por todo Maestra, descanse en paz.

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Por la memoria de las nueve víctimas de la explosión en el bus de las Rutas Quetzal

Escribo este texto para dignificar la memoria de Alicia Zacarías Pérez y sus hijos, los niños Nury, Daniel y Jorge de apellidos Cac Zacarías, así como de Lázaro Donis, Gladys Ordóñez Corado, Dora Aracely Franco, Rigoberto Emilio García y Ambrosio Vásquez Xiquín, quienes murieron, tras la detonación de una bomba incendiaria en un bus de las Rutas Quetzal, el 3 de enero de 2011.  La causa fue la intimidación de pandilleros del Barrio 18, entre ellos un exsargento del Ejército, que exigían el cobro de extorsiones desde una de las cárceles.

Han transcurrido varios años de aquel horrible incidente, que marcó la vida de las familias de estas personas, de los sobrevivientes y de muchos que nos tocó informar lo que sucedió.

Todavía me cuesta trabajo escribir del tema, porque resulta doloroso recordar el sufrimiento, la angustia y la muerte a pausas de esas nueve personas.  Es difícil asimilar la crueldad con que mataron a los seis adultos, a la niña y a los dos niños.

Con la mayoría de familias tuve la oportunidad de hablar, al igual que con algunos sobrevivientes, quienes recordaron como fueron expulsados por las llamas causadas por la detonación de esa bomba, que fue activada desde una de las cárceles del país.

Duele y frustra recordar el dolor del señor Jorge Cac, el taxista que perdió a toda su familia.

Don Jorge me comentó, que tenía la intención de ir a dejar a su esposa y a sus hijos a su casa, en el taxi que manejaba, pero acordaron con su esposa Alicia Zacarías que era mejor que abordaran el bus, porque recién habían adquirido los útiles escolares de los niños y tenían que reponer ese dinero para las necesidades familiares.

La tristeza de don Jorge fue tan profunda que todavía puedo percibir su dolor, tres de los integrantes de su familia murieron el día del suceso, días después falleció su hijo Jorgito en el Hospital Roosevelt.  Mantuve comunicación con don Jorge, al punto que el día que su hijito murió me llamó entre llantos y solo pudo decirme que Jorgito estaba muerto, que había perdido la batalla y él quería quitarse la vida. En el hospital tuvieron que aplicarle un sedante, porque le quitó el arma a un trabajador de seguridad para dispararse.

Yo también lloré el día que Jorgito murió, a veces es inevitable no hacerlo, sobre todo cuando se recibe la llamada de un padre, lleno de dolor, que acudió quizás por equivocación, a la persona que lo había entrevistado en los últimos días.

La situación de don Patricio Plata también fue impactante y dolorosa, él un agente de la Policía Nacional Civil, perdió a su esposa Gladys Ordóñez y solo tuvo que hacerse cargo de sus cinco hijitos, todos menores de edad.

Un año después hablé con don Patricio, sumido en la depresión. Uno de sus hijos fue testigo del incendio y de la muerte a pausas de su madre, porque viajaba con ella en el bus que ardió en llamas el 3 de enero; el niño también estaba muy afectado.

Entre las nueve personas muertas, también había una trabajadora del Hospital Roosevelt, un marimbista, todos guatemaltecos honestos, pasajeros de ese bus.

Como un gesto de respeto a la memoria de estas personas, quiero recordarlos en este texto.  Quisiera que jamás se repitieran estos casos, pero lamento tanto que eso no pase, porque las cárceles guatemaltecas siguen sin control, a pesar de los esfuerzos.

Nueve meses sin justicia para la niñez del Hogar Seguro

Las denuncias de la niñez sobreviviente del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, siguen sin tener eco, su dolor físico y psicológico no le ha importado a muchos. Ese Hogar fue cerrado, pero las heridas de las niñas y los niños sobrevivientes NO.

El incendio del 8 de marzo, que cobró la vida de 41 adolescentes, solo fue el detonante de una serie de vejámenes que sufría la niñez que necesitaba protección y abrigo.  Solo esa lamentable tragedia captó la atención del Estado y de la misma sociedad.

A nueve meses del incendio persisten las dudas ¿Alguien investiga los relatos de las niñas sobrevivientes que hablaban de la clínica donde las violaban y las drogaban? ¿Qué hay sobre las denuncias de los “deltas” que las sacaban y las golpeaban? ¿Quiénes son los responsables de darles comida con gusanos o en mal estado? ¿Quiénes torturaron a los niños en la “bartocha”? ¿Quiénes obligaban a los menores de edad con discapacidad intelectual a pelear entre sí y a hacer limpieza de madrugada? ¿Dónde están las niñas y niños que huyeron?

Mirar a los ojos a algunos de esos niños y niñas sobrevivientes, escuchar sus voces, sus relatos, el dolor por el que atravesaron, marca y frustra. No es posible, que las niñas muertas no puedan descansar en paz y que la niñez violentada siga sin recuperarse.

No sé cuánto tiempo le llevará a las autoridades esclarecer todas esas denuncias, sí es que hay voluntad de investigar y romper el círculo de impunidad que rodea este caso.

A lo mejor actuarán tardíamente, como lo hicieron el 8 de marzo. Es evidente que las pesquisas del Hogar Seguro no empoderan a nadie y por consiguiente no importa mucho.

 

La dama de la luz

“No sólo provoca indignación. También incredulidad al comprobar que a casi una semana de haberse publicado el reportaje titulado “Niñas y adolescentes son violadas en Sector 11 del Preventivo”, no se ha sabido de una acción inmediata por parte del Ministerio Público, el Presidente no ha hecho declaración alguna sobre el tema, tampoco el Procurador de los Derechos Humanos y, a pesar de que el asunto huele a puro tráfico humano permitido por los guardias del sistema penitenciario, tampoco ha reaccionado la CICIG”.

 

“Para cualquier persona medianamente sensata, la medida obvia sería prohibir absolutamente el ingreso de menores a las instalaciones de las cárceles. El equipo de investigación del vespertino La Hora comprobó que ni siquiera los guardias se atreven a ingresar al sector 11, controlado por Los Cholos, pero sí permiten a niñas y adolescentes adentrarse en esas galeras y quedar a merced de los delincuentes más peligrosos, crueles y sanguinarios de que se tenga registro en este país”.

 

“Un reportaje de Mariela Castañón, publicado por La Hora, desnuda el tráfico de niñas y adolescentes en el sistema penitenciario”.

 

De esta forma conocí a Carolina Vásquez Araya, la dama inteligente y bella que me enseñó a creer en mi talento y a defender los derechos de las niñas y mujeres en Guatemala.

 

Las palabras contundentes en su columna “El Quinto Patio” y su comunicación directa me permitieron entender el rol que jugamos las y los periodistas en la sociedad.  También el compromiso y la responsabilidad que debemos asumir en cada una de nuestras publicaciones.

 

Fue en mi primer año de ejercer periodismo en La Hora –en 2009-

cuando la encontré en sus letras y después la conocí en persona, en una actividad de niñez.

 

Debo admitirlo sentí inseguridad y emoción al hablarle por primera vez, una mujer inteligente, bella física y espiritualmente, había respaldado mi trabajo.  Yo era una joven periodista, que tenía tanto miedo de las consecuencias que tendría revelar una problemática tan dura. Claro que las tuvo, pero ella y La Hora estuvieron ahí para respaldarme y no dar marcha atrás.

 

Después, a lo largo de los años siguió a mi lado, en ningún momento me dejó, en los mejores y peores momentos estuvo y ha estado para apoyarme, escucharme, guiarme y hacerme entender lo que la inmadurez e impulsos no me permitían.

 

Gracias querida Carolina Vásquez Araya, por el apoyo incondicional, por la amistad, cariño y compañía. Muchas gracias por iluminar mi vida personal y profesional.

 

Hoy es un día importante para agradecer su presencia en este mundo.

 

Yo no olvido a las 41 niñas del Hogar Seguro, ni tampoco la indiferencia del Estado

Todavía recuerdo la indignación  que sentí cuando conocí de la nueva fuga masiva de 31 niñas de edades comprendidas entre 14 y 17 años del Hogar Virgen de la Asunción. Los hechos ocurrieron entre el 28 y 29 de septiembre del año pasado.  Desde 2015 se había advertido a las autoridades de que algo muy malo ocurría en las instalaciones de este lugar.  No eran normales tantas evasiones, pero el tema no le importó a NADIE.  La niñez pobre y desprotegida no empoderaba a ninguna institución, así que el tiempo transcurrió ante la mirada indiferente de funcionarios que pudieron hacer algo.

En los siguientes meses la cantidad de niños, niñas y adolescentes (NNA) fugados creció desmedidamente.  Las autoridades de la Secretaría de Bienestar Social (SBS) y de la Procuraduría General de la Nación (PGN)  reiteraban que no se trataba de fugas, sino de “abandono del proceso de protección”, por parte de la niñez y adolescencia.

Mientras el problema trataba de minimizarse, cada día se abría una nueva ventana de información, para entrar a ese agujero de violencia física, sexual y psicológica, a la que eran sometidos los niños y las niñas.

Hoy, 8 de marzo se cumplen seis meses del incendio en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, que dejó 41 adolescentes muertas. La tragedia fue anunciada, pero todos la ignoraron.

A las autoridades involucradas en la protección, resguardo, atención e investigación de delitos les pregunto ¿Cómo se sienten por no haber hecho nada? ¿Cómo se sienten por incumplir con sus funciones? ¿Cómo se sienten por una tragedia tan grande? ¿Es posible dormir sin remordimiento? ¿Ganan algo prestando atención solo a algunos casos que empoderan?

Alguien con la más mínima humanidad jamás habría tolerado tanto abuso, pero bueno, también estoy consciente que muchos de los que ostentan cargos públicos, lo hacen solo por un salario.

Yo no olvido a las 41 niñas quemadas en el incendio del Hogar Seguro Virgen de la Asunción.  No olvido sus cuerpos quemados y el intento de muchas por sobrevivir.  Aún quemadas llegaron a la administración del Hogar a suplicar por agua y después se desmayaron; algunas vivieron y otras no.

Yo no olvido al niño golpeado y abusado que prefirió dormir a la intemperie, que volver al Hogar Seguro.  No olvido a la niña que comió comida con gusanos.  No olvido a la adolescente violentada sexualmente en la clínica del Hogar Seguro.  No olvido a las niñas del módulo de “Fuga y Rebeldía”.  No olvido a los niños con discapacidad sin zapatos y con fuerte olor a heces fecales. No olvido el relato del traslado a las casas cerradas. No olvido la imagen de los niños dormidos en el suelo.

Tampoco olvido la indiferencia del Estado, que tenía la responsabilidad directa de actuar, proteger y defender a la niñez, así como de investigar la comisión de delitos que laceraron la vida e integridad de los niños y niñas.

 

Me duele la muerte de las niñas y la indiferencia de todos

No pude hacer nada. Mis textos y cuestionamientos a las instituciones de Estado no lograron nada. Desde hace dos años informé sobre centenares de desapariciones, maltrato y  violencia sexual que sufrían las niñas, niños y adolescentes del Hogar Virgen de la Asunción. Hoy 40 niñas están muertas.  El Estado y la sociedad debimos asumir una responsabilidad compartida y un liderazgo más fuerte.

 

Me duele la muerte de las niñas, porque no pude hacer nada por ellas.  Traté de sacudir a todas las instituciones involucradas en el tema de ese Hogar, pero a nadie le importó.

 

Escribí, decenas de reportajes y notas, gracias al compromiso social que prevalece en La Hora y al acompañamiento profesional de mis jefes, don Oscar Clemente y Pedro Pablo. Quizá la cobertura era tan insistente y mi frustración tan grande, que harté a los funcionarios, al punto que ya ni siquiera permitieron mi ingreso a algunas oficinas estatales.

 

Todavía recuerdo a un comunicador de la Secretaría de Bienestar Social, quien ante las preguntas incómodas a una de las funcionarias –hoy detenida-, me dijo con tono grosero que debía retractarme de todo lo escrito.  No debió decirlo, después no tuvo argumentos para defender su intención de callarme.

 

Aún recuerdo a las niñas, niños y adolescentes, llenos de energía.  Sus risas, sus preguntas y su búsqueda de afecto, aunque fuera de personas extrañas. Tan vulnerables a cualquier vejamen y abuso.

 

El Estado es cómplice de lo sucedido, fue advertido en reiteradas ocasiones, pero NO actuó oportunamente.  La sociedad también, porque no se involucró, fiscalizó y se pronunció para detener esta barbarie.

 

No sé si esta terrible lección nos permita aprender algo a toda la ciudadanía. Deseo con todo mi corazón que las niñas descansen en paz y que sus abusadores enfrenten a la justicia pronto. Todavía tiene que caer la red de trata de personas en su modalidad de explotación sexual y reclutamiento forzoso.

 

 

 

 

Entre la desinformación, los prejuicios y la violencia

No quiero terminar esta semana sin una reflexión personal sobre el papel que ejercemos las y los periodistas en Guatemala, donde nos desenvolvemos en medio de la desinformación, los prejuicios y la violencia.

Desde hace algunas semanas inició la difusión de mensajes, sobre supuestos atentados, robo de niños y violencia en general.  La desinformación bombardeó las redes sociales y  los grupos de What´s App del gremio.

En las conversaciones internas se discutía sobre si todo lo que nos llega es real o no, y si debemos difundirlo. Es obvio que cualquiera puede caer en el juego de quienes quieren provocar caos, sin embargo, es necesario reflexionar sobre nuestro trabajo responsable y ético para nuestra gente.

Con un mensaje no confirmado podemos crear un ambiente de terror.  Es cierto que Guatemala atraviesa por un momento crítico, pero es importante detenerse y pensar ¿cuánto estoy aportando con mi labor? ¿Cuánto daño puedo provocar por difundir un rumor no confirmado?

Mientras enfrentamos este reto, aparece otro: los prejuicios para informar de grupos de la delincuencia organizada, presidiarios y otras personas que quizás no son bien vistos por la sociedad.

Es verdad, al gremio también nos duele lo que estos seres humanos le causan a otros, cuando extorsionan, matan y violan, pero debemos recordar que para informar tenemos que dejar los prejuicios a un lado, sin transmitir odio.

Para mí también es un desafío, cuando esto sucede mi cerebro emite tanto negativismo, que necesito leer o recordar la comunicación pacífica que promueve la admirada y querida Charito Calvachi Mateyko.

Una de las grandes lecciones que me dejó Charito, fue en 2011 en aquel espacio restaurativo que promovió el Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa), la Universidad de La Plata, Argentina y el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), sobre la forma cómo podemos informar en estos casos.

“Ponerse en el lugar del otro. No juzgar, no prejuzgar. Poder mirar el contexto, abrir los ojos, la cabeza y, por qué no, el corazón. Saber que las historias de los otros nos modifican, porque SOMOS el otro”, nos dijo.

Charito también nos instó a cuestionar permanentemente lo que vemos para poder contar más allá, desaprender las fórmulas enseñadas para contar lo que no se ve y no está en la superficie.

“Lo que no decimos no existe. Y eso que no nombramos, perpetua la violencia”. Las nuevas preguntas deberían estar orientadas a saber cuál es la historia de lo que vivieron las víctimas y victimarios, cómo llegaron a ese momento, qué necesidades tenían y quién debió cubrir esas necesidades.

 

Dejemos la indiferencia ante el dolor de nuestras niñas y niños

Todos los días me enfrento al dilema ético sobre si debo o no opinar sobre determinado problema, sin embargo, hoy siento la necesidad de manifestar mi preocupación por la situación de nuestra niñez, que está sometida a todo tipo de abuso, violencia y vulneración de sus derechos. Como ciudadana de este país, quiero un lugar mejor para nuestra infancia, deseo de todo corazón que paren los asesinatos de niños y niñas, el abuso, la explotación, la orfandad y la falta de oportunidades. Hoy  quiero que cese la indiferencia ante el dolor de nuestras niñas y niños.

No sé qué de todo lo que he visto o he escuchado me hace escribir estos párrafos, que admito, pueden ser mi catarsis ante la frustración que siento.

La pregunta de la niña del hogar estatal todavía retumba en mi cabeza ¿Usted es mi mamá? ¿Quiere ser mi mamá? La mirada del bebé desnutrido y los pies descalzos de esos jóvenes siguen en mi mente.

Me mortifica recordar las palabras del niño de 13 años, hijo del inspector policial muerto en un accidente de tránsito; que aseguró frente al ataúd de su papá que se responsabilizaría de su madre y sus hermanos, mientras yo pensaba ¿Cómo? Si es un niño…

No sé si fue el desfile de niñas rescatadas de aquella tortillería. Con un suéter en la cabeza, sin esperanzas de cambiar el círculo de pobreza. O las imágenes de la niña de 8 años violada y golpeada por hombres adultos.

Quizás fue el rescate de los cuerpos de los cuatro hermanitos que murieron carbonizados en aquel bus con destino a Ciudad Quetzal, que fue incendiado por un grupo de pandilleros extorsionistas, que castigarían a los socios de la empresa por quedarse con una parte del dinero que según ellos, les correspondía.

Talvez fue el niño de 3 años que se aferró al vestido de su mamá, la viuda del piloto de bus que se lanzó sobre el cadáver de su cónyuge y se manchó de sangre.

No sé cuál de todos estos acontecimientos me hacen escribir estas líneas, son tantas experiencias, que a cualquier persona le llenarían de frustración.

Hoy mi mayor deseo es que reflexionemos sobre nuestra responsabilidad como ciudadanos. No deberíamos dormir en paz, sabiendo que en este momento un niño o niña sufre violencia sexual, es golpeado, abusado, está en orfandad o carece de alimentos y de oportunidades para su desarrollo integral.

Es momento de que todos analicemos lo que podemos aportar, o lo qué debemos exigir para que cese el dolor de nuestra niñez. Es momento de dejar la indiferencia, alzar la voz y comprometernos como adultos responsables.

Byron Lima: El destino me trajo aquí, pero por algo

” Todos los secretos están guardados en un mismo cajón, el cajón de los secretos, y si devalas uno, corres el riesgo de que pase lo mismo con los demás”,Santiago Rocangliolo

Conocí a Byron Lima en diciembre de 2008, cuando tenía cinco meses de ejercer periodismo. En mi ingenuidad e inexperiencia ingresé a Pavoncito, por la graduación de un grupo de reos que obtendrían el título de bachiller. Mientras esperaba el inicio de la actividad me encontré al capitán Lima acompañado de dos de sus guardaespaldas. Conocí de él por los libros, pues en abril de 1998, cuando ocurrió la muerte del obispo Juan Gerardi y se originaron las sindicaciones posteriores, apenas era una niña a quien le prohibían ver noticias y televisión.
Mi encuentro fue impactante, había escuchado mucho de ese personaje. Me acerqué a él y le dije que quería entrevistarlo mientras iniciaba la actividad. Iniciamos la conversación. Su actitud no pasó inadvertida, porque era una persona que demostraba mucha cortesía y después cambiaba pronto de temperamento, sin embargo, en ese momento para mí eso era intrascendente.
Nunca publiqué la entrevista, que por cierto denota inexperiencia y falta de habilidad para plantear preguntas, pero la guardé como uno de tantos textos que he conservado en mi carrera. Hoy a 14 días de la muerte de Lima, me pregunto ¿Cuántos secretos se llevó a la tumba? ¿Por qué afirmaba con tanta convicción que no mató al obispo? ¿Por qué culpaba a tantos de su tragedia? ¿Por qué contaba verdades a medias?
Esto me conecta de inmediato al libro Abril Rojo y a la frase del escritor peruano, Santiago Rocangliolo: “Todos los secretos están guardados en un mismo cajón, el cajón de los secretos, y si develas uno, corres el riesgo de que pase lo mismo con los demás”.
Estos son algunos de los extractos de la conversación que sostuve con Lima en 2008.
¿Cómo se siente y qué hace para sobrevivir en la cárcel?
Byron Lima: Llevar las cosas por un buen camino cuidándome de los últimos meses, porque es cuando aparece todo mundo que no quiere que uno salga sabiendo que uno es inocente, creo que hay que darle un poquito a Guatemala de lo que uno aprendió. Aquí adentro de la cárcel yo no le digo que voy a salir rehabilitado, porque yo estaba rehabilitado o sea el destino me trajo aquí, pero por algo. Entonces, pienso en un futuro aportar lo que aprendí aquí para tener un poquito la imagen de lo que la gente cree que pasa aquí. Hablan muy mal, pero nadie quiere poner el pecho y decir nosotros vamos a ayudar a los presos, es una cuestión de sociedad, es un trabajo de sociedad, aquí sólo las autoridades no pueden porque nadie quiere dar un presupuesto para que se maneje una cárcel como debe ser. La gente si quiere que no haya violencia en la calle, pero nadie viene aquí a dedicar un poco de tiempo, a dar donaciones, a dar charlas, talleres, a regalar computadoras, libros y mantener a la gente programada y ocupada, eso es lo que falta aquí, calendarizar una agenda de actividades sociales, culturales religiosas, educativas.

¿Cuántos años lleva encarcelado? ¿Considera que su sentencia ha sido justa?

Byron Lima: La pregunta es ¿quién mató al obispo? porque yo en la sentencia no estoy como asesino, ni autor material ni autor intelectual, yo estoy como cómplice, pero ¿cómplice de quién? si no existe autor intelectual ni material, me imagino como el Ministerio Público (MP) y la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (Odhag) se han de querer sacar de la manga, como tan acostumbrados que están. En el congreso lo dijeron, que el MP busca cualquier cantidad de testigos falsos para justificar su mal trabajo y para conseguir plata y plata y más plata de los tontos que ayudan a un país desorganizado con gente tan mediocre dentro de las instituciones con demasiada responsabilidad en la vida de las personas que están aquí detenidas. Yo le puedo decir que de 100 personas el 40 por ciento son inocentes y talvez el 60 por ciento culpables, pero la mayoría de gente que está sentenciada aquí es por no tener buen abogado, porque no le hacen un juicio en su dialecto, por no tener dinero y por falta de dedicación de los juristas, de los encargado de defender, juzgar e investigar.

¿Cuándo publicará su libro?

Byron Lima: Yo calculo que talvez en marzo de 2010, porque hay que ver donde fue a parar el Capitán Lima, si era cómo decían los de la Odhag, los del MP o algunos periodistas. Yo le puedo decir que a la mayoría ya le cambió el panorama, empezando porque no se sabe quién mató al obispo, o sea que pasaron 10 años y en 10 años hubo una ineficiencia de la Odhag, del MP y de los jueces de quien se puso a investigar, incluso hasta el FBI, porque no hicieron válidos cuatro informes donde descartan mi participación, la de mi padre y la de Obdulio Villa Nueva, quien murió en la cárcel siendo inocente.

RECLUIDO EN DIFERENTES CÁRCELES

Según los registros del Sistema Penitenciario, Lima ingresó al Centro de Detención Preventiva para Hombres de la zona 18 en el año 2000, en febrero de 2003 fue trasladado a la cárcel El Boquerón, mientras que en agosto de 2005 fue llevado a Pavoncito.

En tanto, en diciembre de 2006 fue trasladado a la cárcel El Infiernito, en 2007 volvió a Pavoncito, donde permaneció hasta el 8 de octubre de 2014, ya que fue trasladado a Matamoros. En noviembre del año pasado fue llevado a Pavón, donde murió violentamente el pasado 18 de julio.

 

No era un cuerpo xx, se llamaba Ismelda

La madrugada del 7 de noviembre de 2013 fue localizado el cuerpo de una joven estrangulada, semidesnuda y lanzada en la vía pública, en la colonia El Tesoro en la zona 2 de Mixco. Los asesinos trataron de justificar su muerte dejando una nota que literalmente decía “para que ya no anden robando al sector 11 de la Mara 18”, como sí eso fuera un argumento para actuar con impunidad. Ella no era un cuerpo xx, era Ismelda Aguilón, de 20 años.
El mensaje era claro. Los sicarios de Ismelda quisieron vincularla con las pandillas y todavía justificar un “robo” en el que supuestamente incurrió, sin embargo, lo interesante del mensaje era la legibilidad y la supuesta autoría: la “Mara 18”, cuando quienes entrevistamos a esos jóvenes que se autodenominan “Bario 18” sabemos que nunca se identificarán como “Mara 18”, de hecho no toleran la palabra “Mara” porque corresponde al otro grupo rival.
Esa era la primera pista a seguir del hallazgo de la mujer xx, que fue estrangulada, torturada y con señales de violencia sexual, según las imágenes grotescas que observamos las y los periodistas, aunado al relato de los bomberos.
Después de varias conversaciones con investigadores de la Policía, trabajadores de funerarias, cuerpos de socorro y vecinos, la historia de la joven xx fue tomando forma y finalmente llegué a lo que necesitaba saber, su identidad.
Tras conocer su nombre y gracias a la colaboración de muchas personas, encontré a la familia de la mujer que no era ninguna xx, sino Ismelda Aguilón.
Según familiares de Ismelda, en julio de ese año recibió amenazas de su exconviviente, quien la amenazó con que le quitaría a su hijo, pues ella había iniciado un noviazgo con otro joven.
De acuerdo con los relatos, la relación sentimental de Ismelda con el padre de su hijo, inició cuando ella tenía 11 años y él 23. A pesar de la gran diferencia de edad, el hombre la convirtió en su conviviente y la sustrajo de su entorno familiar.
“El muchacho nunca me quiso dar la cara. Hasta cuando ella tenía 14 años me vino a buscar. Mi hija venía toda golpeada y delgada porque el hombre no la dejaba salir, la trataba mal y le pegaba. A los 16 años se volvió a ir, el hombre me vino a amenazar y me dijo que me iba a matar a mí y a mi familia si yo no le entregaba a mi patoja.  Yo lo que quería era que se casara con ella porque se la llevó de 11 años”, me explicó María del Carmen, mamá de Ismelda.
El tiempo transcurrió e Ismelda logró separarse del padre de su hijo, sin embargo, constantemente lamentaba el tiempo que vivió con él y el hostigamiento al cual seguía sometida, según lo expresó su madre.
“Dos meses antes que le pasara esto –la mataran-, ella puso un himno de alabanzas cristianas, después la oí llorar y le dije: ¿Por qué estás llorando?  Porque si este hombre no me hubiera cortado las alas, hubiera podido volar, habría sido otra persona”, relató María del Carmen.
La joven desapareció días antes de su muerte. Una de las versiones indica que fue vista por última vez junto a Jennifer Lorena Ical Soto, de 15 años quien también fue encontrada muerta el 7 de noviembre. Ical rentaba la casa junto a la familia Aguilón.
En los archivos de la Policía Nacional Civil (PNC), no se encontraron antecedentes policiales de Ismelda ni vínculos con las pandillas, según una fuente confiable de la Policía que consulté en aquella ocasión.
La muerte de esta joven, es una de los aproximadamente 700 decesos de mujeres que ocurren anualmente en el país. Los escenarios manipulados, la confusión y los estereotipos son los grandes desafíos para nosotras y nosotros, el gremio periodístico.